El poder de una sonrisa

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PRIMER PREMIO DEL SEGUNDO CONCURSO LITERARIO DE LA VOZ SILENCIOSA.

El poder de una sonrisa, de Avedeemociones.

Soy Ainara, tengo veinte años, mi nombre es de origen vasco y significa golondrina. Crecí en un hogar donde el humor era la aspirina que no faltaba. En la vorágine de estos días en los que nuestras ocupaciones nos absorben más tiempo del que contamos, a menudo llegamos a casa, fatigados y, por lo tanto, faltos de deseos. ¿Y qué es el deseo? ¿Cuál es la función que cumple en nuestra vida? según la R.A.E. es “un movimiento afectivo hacia algo que se apetece”.

Cuando me diagnosticaron leucemia, entendí su importancia como un medio de motivación para transitar mi enfermedad. Con esto quiero decir que, el deseo es una pulsión de vida y, en consecuencia, el motor que nos mueve hacia adelante. El ensayo de la risa es quizá la manera más genuina de contarles mi experiencia. Varias semanas después de iniciar el tratamiento de quimioterapia, mi ánimo decayó un sinnúmero de veces, los glóbulos blancos habían aumentado dañando severamente mi sistema inmunitario. Por otro lado, conocí a Ana, era la payamédica del hospital, de carácter afable y divertido, dueña de una sonrisa que dejaba entrever sus dientes perlados y perfectos. Ella me enseñó las técnicas para liberar mis emociones negativas generando un estímulo saludable y en efecto, sanador. Formamos un lindo equipo de terapia, siendo el amor, la mejor medicina. Lo cierto es que, a las pocas semanas de conocerla, mi salud dio un giro de trescientos sesenta grados. Las defensas se habían incrementado, el dolor disminuido y mi frecuencia cardíaca estaba a niveles normales. Su presencia en mi vida fue una luz de esperanza en medio de la dificultad, pues como dice un refrán: “quien de todo se ríe es quien mejor vive”.

Después de algunos años de tratamiento me dieron la mejor de las noticias. Mi enfermedad entró en remisión completa y desde ese día celebro mi nacimiento dos veces al año: cuando vine al mundo y después de ser declarada sana.

Hemos perdido el hábito de reír, por lo tanto, hemos dejado de vivir. La ciencia ha demostrado que los niños ríen aproximadamente cuatrocientas veces al día, mientras que los adultos apenas cien. Tener una experiencia cercana a la muerte me enseñó a valorar la vida como el regalo más preciado. Soy una sobreviviente del cáncer y el humor me salvó.

Un abrazo y muchas risas.

Este relato es un homenaje a Hunter Doherty “Patch Adams” el primer médico payaso del mundo. Conocido también como: “el padre de la Risoterapia”.