El rey del carnaval

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Segundo premio IV CONCURSO LITERARIO CUENTOS Y RELATOS DE REYES MAGOS.

El rey del carnaval, de Carmen Gálvez

Se piensa que el Carnaval es una festividad que proviene de la Cultura Sumeria y se realizaba como un acto para atraer buenas cosechas y alejar a los malos espíritus.

En la actualidad se realiza después de la Rosca de Reyes, y el día de la Candelaria. Es una época de relajación antes del comienzo de la purificación de la “Cuaresma”, en el que se debe llevar el mejor comportamiento.

Durante los días de Carnaval las calles se llenan de música, baile, disfraces y alegría. En muchos lugares se estila elegir a un Rey.

Pues resulta, que había un chico que se sentía el ser más guapo de la creación, y ya tenía hasta el gorro a todo el mundo con su presunción.

Unas vacaciones fueron a uno de esos lugares en donde se acostumbra a elegir a un Rey, y su vanidad lo indujo a inscribirse en el certamen, sin haberse informado de lo que se trataba.

Sus conocidos que sabían de la tradición, y el personal de los centros turísticos a los que habían acudido lo apoyaron tanto, que resultó electo.

El Rey del Carnaval personifica al Rey Momo, de la mitología griega, representante de la crítica, la burla y el sarcasmo, cualidades atribuibles al “Adonis” de quien hablamos.

En este lugar en especial, el Rey es quien recibe “los castigos por esas actitudes”.

Le vistieron con un ridículo traje de arlequín y una máscara absurda que cubría su “hermoso rostro”, pero como lo trataban de “su alteza”, lo pasó por alto.

Lo sacaron en hombros de la habitación, lo que le hizo sentirse como en un recorrido triunfal, así que saludaba sacudiendo los brazos con singular alegría para presumir su cetro.

Ya en la calle, en medio de la aclamación popular lo aventaron a la porteadora del Rey, que parecía un lindo trono sobre unos postes cargado en hombros por varios chicos.

Se incorporó rápidamente tratando de disimular el desfiguro, pero al sentarse se escuchó un tremendo estruendo emulando una flatulencia derivada de una diarrea atroz.

Le habían puesto una bolsa de aire en el asiento, lo que provocó las carcajadas de la concurrencia.

Entre subes, bajas y ladeadas que, a propósito, los porteadores realizaban al transportarlo, la gente, entre hilarantes risotadas aventaba huevos rellenos de confeti a “Su Rey”. (Antes aventaban frutas y verduras, pero ahora cuidan los alimentos).

De pronto el cortejo se detuvo ante el tableado en el que le esperaba su trono ridículamente engalanado.

Lo volvieron a aventar y antes de sentarse tuvo la precaución de revisar, pero al agacharse los pajes le dieron sendas nalgadas con esas manos plásticas que hacen mucho ruido al chocar.

Al Son de “Su Majestad” le sirvieron platillos que se veían deliciosos, pero de sabores muy extraños, le bañaron con globos de arena y agua y le hicieron un sinfín de travesuras más. Esta experiencia sirvió para corregir su mal comportamiento, sólo por un tiempo, pues, como sabemos, la mente humana olvida pronto y vuelve fácilmente a las andadas.