La cueva del terror

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SEGUNDO PUESTO DEL CONCURSO LITERARIO DE LVS «CALAVERITAS LITERARIAS Y RELATOS DE TERROR», CARMEN  GÁLVEZ

No sé cómo llegué, de pronto me encontré en este bosque, somnolienta, mareada, confundida… Un hombrecillo con mayas verdes, camisa blanca, chaleco rojo y un gorro picudo me miraba, intrigado, intrigante… y con un gesto, no sé si con un gesto, o con el poder de su mente, me invitó a seguirlo. Varios gnomos más se unieron con lámparas que alumbraban un sendero. El aire frio golpeaba mis mejillas mientras mi corazón latía acelerado por ese temor a lo desconocido. El sonido de las hojas, como tenebroso murmullo, retumbaba en mi cerebro, junto con el aullido de los coyotes… ¿o eran lobos? El final del camino era la entrada de una cueva de donde salía una espesa bruma. Gracias a la intensa luz de la luna llena que iluminaba el sitio, pude notar que brotaba de una de esas pipas de agua utilizada para fumar tabaco, la usaba una mujer de edad media investida con ese toque mágico de las culturas orientales. Había también tres mujeres jóvenes, dos de ellas con cabello rizado alborotado, las tres pendientes de sus ordenadores como brujas a sus calderos. De las pantallas salían destellos de colores que más bien parecían rayos que, como cualquier hechizo, pudieran traspasar mentes y corazones. También había tres hombres más trabajando con computadoras. ¿Humanos?, lo parecían, pero la postura de sus cuerpos, el largo de sus cabellos que más bien parecían pelos… ¡Dios mío, eran lobos! o tragué saliva ¡licántropos! Seguía confundida, pero ahora, además, cansada, terriblemente cansada, me recosté en uno de los pufs que estaban dispuestos, la música tenue invitaba al reposo, a la reflexión, sin embargo, comenzó a escucharse una voz, una voz silenciosa que contaba chistes, chistes y más chistes y entre más chistes, más malos. Las risas brotaban de todas partes agobiando mi cerebro. Queriendo escapar, entré a otro sitio, frio, húmedo, con olor a cieno; las paredes seguían reflejando la luz de la luna produciendo en ellas imágenes de lúgubres castillos encantados. La voz, ahora susurrada comenzó a contar historias de terror, enlazadas una con otra haciendo brotar todos mis miedos, todas mis angustias. Comenzó a faltarme el aire y, aun así, corrí, corrí hasta encontrarme con un enorme espejo, su reflejo se acercaba a mí al mismo tiempo que yo avanzaba, como un gorila gigante, cuyos brazos abiertos se extendieran a atraparme. Yo no podía detener el paso, me apresuraba cada vez más rápido hasta escuchar un ensordecedor estruendo de cristales… Luego… el silencio, el total silencio… un total vacío de mí.